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Valor Sentimental: "La medida imposible del amor"

  • Foto del escritor: MBU
    MBU
  • 8 ene
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 8 ene

"Sentimental Value — La medida imposible del amor"

por Lorena Punsoda



Sentimental Value (Affeksjonsverdi, Noruega, Francia, Dinamarca, Alemania/2025), dirigida

por Joachim Trier. Con Renate Reinsve, Stellan Skarsgård, Inga Ibsdotter Lilleaas y Elle

Fanning.


Hay superficies que reflejan la vida y la absorben al mismo tiempo. Acumulan discusiones, celebraciones, despedidas. Presencian nacimientos y muertes. El paso de los años se hace visible a través de dibujos en las paredes, marcos que midieron estaturas, grietas que florecen, ventanas que ya no encajan, escaleras gastadas por el tránsito repetido. En Sentimental Value, la nueva película de Joachim Trier, coescrita con Eskil Vogt, todo eso se condensa en una casa de Oslo. Protagonista y testigo, no funciona como un simple escenario, sino como un archivo vivo.


Para Nora (Renate Reinsve), lo vivido allí con su familia fue breve, casi imperceptible, como un parpadeo. De chica se preguntaba si a ese lugar le gustaba estar lleno de gente o vacío, si disfrutaba el ruido o prefería el silencio, si podía sentir dolor. Su padre solía decir que había un defecto en su estructura, como si estuviera hundiéndose en cámara lenta. Cuando él se fue, todo se volvió más tranquilo. Se terminaron las peleas, pero la casa extrañaba sus otros sonidos.


Mientras organizan el funeral de su madre, Nora y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas) se reencuentran con Gustav (Stellan Skarsgård) en el mismo espacio que las vio crecer. Director de cine, ausente durante años, reaparece en la vida de sus hijas sin disculpas ni explicaciones. Llega con un nuevo proyecto y la intención de que Nora forme parte de él. Una propuesta chocante, a primera vista desconsiderada, que irrumpe en medio del duelo con una naturalidad desconcertante.


Ellas lo reciben desde posiciones opuestas. Agnes es la comprensiva, la mediadora, la que intenta sostener a todos. Nora es la complicada, la que siempre está enojada, la que no quiere enfrentarse a sus sentimientos. Tiene vínculos conflictivos con todo el mundo, excepto con su hermana y con su sobrino. Sobre ella pesa la amenaza constante de la soledad, verbalizada con brutalidad por su padre durante una discusión y devuelta, sin filtros, en la pregunta inocente del niño: “¿tenés novio?”. El teatro es su lugar de liberación: actuar le permite salir por un rato de su cabeza y refugiarse en otros cuerpos. Gustav, en cambio, solo logra sentirse vivo a través del cine. Desprecia el terreno de su hija; ella se rehúsa a entrar en el suyo. No se trata de una discusión estética, sino de un problema de comunicación más profundo. Cada uno habita su propio lenguaje artístico como defensa y como salvación.


Gustav se ve reflejado en Nora y no duda en decírselo. Esa afirmación la enfurece. Entre ellos comienza a flotar una sospecha incómoda: tal vez se conocen más de lo que creen.

Sentimental Value explora la imposibilidad del acceso total al otro. Nunca vamos a saber con exactitud qué siente otra persona. Muchas veces ni siquiera sabemos qué sentimos nosotros mismos. Todos amamos de maneras distintas, y para algunos nuestra forma de expresarlo resulta insuficiente: porque no la entienden, porque no les gusta, porque no les sirve, porque les duele. Amar también implica dejar de esperar que el otro se convierta en algo que no es, y aceptarlo por lo que es.


La película que Gustav quiere hacer —el guion dentro del guion— no es solo, como repite en varias ocasiones, sobre su madre, una mujer marcada por el trauma de la guerra y el suicidio.

Poco a poco se vuelve evidente que también es sobre Nora. Sobre heridas que atraviesan generaciones sin necesidad de ser nombradas. Sobre cosas que él nunca pudo haber sabido y que, aun así, están ahí. El cine se convierte entonces en un álbum familiar en movimiento: una forma de ordenar lo que quedó disperso, de darle contorno a una historia fragmentada y de ensayar, mediante la ficción, un acercamiento que en la vida cotidiana nunca fue posible.


En ese proceso aparece Rachel Kemp (Elle Fanning), actriz extranjera elegida por Gustav cuando su hija rechaza el papel principal. Se incorpora al proyecto con una dedicación visible y precisa, aunque destinada a fallar. Observa a Nora, copia gestos y entonaciones; se tiñe el pelo de castaño, pero sus patillas rubias la delatan. Recorre la casa como un museo, atenta a lo que se muestra y consciente de lo que no le pertenece. Su presencia marca un afuera, una distancia que no puede resolverse.


El pasado y el presente se superponen en los rincones, en los cuerpos, en los diálogos. El tiempo no fluye: se espesa. La fotografía de Kasper Tuxen refuerza esa sensación con una paleta fría, sombras persistentes y planos cargados de una fuerte cualidad evocativa, como si lo que vemos ya estuviera siendo recordado. La narración avanza por capas, no en línea recta. Sentimental Value es un drama de gran densidad, una obra que no se agota en un primer acercamiento. Conviene volver a ella para seguir habitándola desde múltiples lugares.


Hay experiencias que sólo pueden comprender quienes las comparten, incluso sin saberlo. En ese entramado, la herencia es inevitable, pero no es una condena; el dolor puede reescribirse. La clave está en qué se hace con eso que se recibe. El final es esperanzador: Gustav y Nora se funden en una mirada reconciliadora, un entendimiento mutuo que no necesita palabras. Quizás no exista demostración de amor más pura que la de inmortalizar a un ser querido a través del arte.


Calificación: 4.5/5

 
 
 

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